Slow Living II. El caracol sale de su concha.

Nada como un desayuno tranquilo bajo los árboles de una terraza del parque. Eso era disfrutar de la vida. Olvidarse del estrés y del reloj para disfrutar del momento, degustarlo y paladearlo. Esa nueva etapa había llegado en el mejor momento. Tener tiempo para leer, escribir y pasar todas las tardes en el parque con el peque, era algo que no tenía precio. Vivir para vivir, sencillamente.

2011, Casa Castillo Museo Abadie.

👀
Un paseo cada mañana hasta aquel acogedor rincón bajo árboles centenarios, sentarse un buen rato frente a una taza de café y dejarse acariciar por el sol de la mañana que se asomaba tímido entre las ramas de los árboles. Disfrutar de la tranquilidad acompañada por los pájaros desperezándose. La mejor forma de saludar al día y comenzar la jornada con el mejor de los humores. Después un paseo largo. Que más se le puede pedir a la vida que vivirla en paz y harmonía.
Sin preocupaciones ni reuniones ni llamadas urgentes que hacer.


Corte esquemático de un motor de combustión radial.

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Simplemente fluir con el transcurso del día. Sentirse ligero y en paz con uno mismo. Sería eso el slow living del que hablan algunos. Solo sé que era vivir no bien sino muy bien.

La cosa es que si realmente somos capaces de desconectar del multi tasking diario, logramos el mismo estado de paz a raticos, para recargar las pilas y a lo mejor no nos hace falta vivir tan a cámara lenta.

Con esta reflexión me despido hasta próximas entradas tras la Semana Santa. Y tras los puentes en los que a algunos nos gusta comer caracoles, por San Prudencio el Santo meón, mientras al resto toca meter papeletas en sobres y rellenar hojas naranjas con cruces.

Por favor, ya que estamos de reflexiones, desconectad un poco de la desinformación de campaña electoral y valoradlos por lo que hacen y han hecho o de las que se han librado de chiripa ante la justicia, más que por lo que nos prometen, quieren prometer y o pretendidamente demostrar en cuanto se asoman las urnas por el horizonte.

👋Un saludo,

Aran

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1984 o nuestra protuberancia llamada Smartphone

"1984", George Orwell.

Cada día nos levantamos sin esperar demasiado a conectarnos a nuestras Apps favoritas bien sea con un smartphone o una tablet. Somos cada vez más inconscientes de que tenemos tan a mano estos cachivaches electrónicos, que se convierten en una protuberancia de nuestra mano incluso antes de desayunar o para acompañar a las magdalenas de forma alterna.

En lugar de disfrutar del café y las magdalenas, mientras creemos hacerlo, estamos ya sumergidos en un montón de canales de información, redes sociales o juegos, y somos incapaces de percibir que disfrutamos del desayuno de forma intermitente entre whatsapps, emails y demás aluviones de información en forma de pitiditos simpáticos y aduladores.

Cada uno dosifica su simbiosis con el aparato de forma diferente, claro está, pero cada vez más estudios revelan de forma alarmante, nuestra dependencia y adicción a esas Apps maravillosas con las que estamos seguros de seguir conectados al mundo y no perdernos ni uno solo de esos temas importantes o chistes de los que todos hablan.

Últimamente recuerdo cada vez más pasajes del libro “1984” de George Orwell, acaso no es cierto que entre miradita y minutico me paso demasiadas horas enganchada a un dispositivo que si bien el marketing ha denominado Smartphone, tiene todas y cada una de las características de las Telepantallas a las que estaban conectados los Proles en el libro orwelliano.

Si continúo destilando el razonamiento y paso mentalmente al papel de editora, veo también demasiado posibles y probables las tareas de los empleados del Ministerio de la Verdad, que no hacían otra cosa sino reescribir la historia en función de los intereses del Partido, del Gran Hermano que todo lo ve.

Me entra vértigo y reflexiono: A fin de cuentas…
¿Qué es cierto de lo que leo en internet?
¿Quiénes manipulan la información a la que accedo en las redes sociales?

Por Wiggy! at en.wikipedia [Public domain], a través de Wikimedia Commons

“1984” por George Orwell, en la foto.

Claro que no se trata de una organización única que todo lo ve y todo lo controla, pero nuestro querido internet, a parte de tener todavía rinconcitos teóricamente libres, está siendo controlado y dominado por potentes empresas que se lucran con los datos de nuestras conexiones, nuestras suscripciones, las cookies que vamos acumulando y las interacciones con todas esas Apps.

Entonces, en esa amorosa simbiosis con nuestra protuberancia estamos generando dinero sin cobrar un duro y creyendo que accedemos libremente a todos los contenidos que queremos, cuando en realidad accedemos tan solo a los que se difunden a través de las redes sociales en función de la popularidad de los temas. Y por si alguno todavía lo desconocía, si la popularidad de las publicaciones se compra a base de promociones de la red social de turno, la difusión crece como la espuma.

Por tanto destilar y comparar con Orwell finalmente de un batacazo se me cae el mito de la libertad de expresión en la red.

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De repente las magdalenas me saben amargas y se me quitan las ganas de seguir conectada en simbiosis mental al querido Smartphone. Ya sé porque ha sido, acabo de recordar como terminan los dos amantes del libro, después de pasar por el lavado de cerebro correspondiente, ya no se aman porque tan sólo les queda la adoración programada al Partido o Gran Hermano.

A ver si tras tantos tiempos muertos entre las Apps del Smartphone, me voy a quedar pegada a la Telepantalla como los Proles, sin ningún otro criterio propio diferente al que pregonan las publicaciones más populares de las redes sociales. ¡Socorro!

De inmediato cierro la pantalla y me despego del Smartphone. Con lo ricas que estaban las magdalenas untadas en café con leche, quien me habrá mandado a mi empezar a comparar el mundo de “1984” con nuestro mundo actual enganchados al móvil. Eso sí, ahora ya sin protuberancia al final de mi mano izquierda, mi paladar percibe de repente la textura esponjosa y el dulce sabor de lo que estoy haciendo en ese momento, desayunar sin simbiosis extrañas que alteren mi percepción de la realidad con su influencia comprada para manipular mis gustos y comportamiento como consumidora.

Tras todas estas divagaciones comparativas, espero haber desordenado un poco vuestras conciencias para que no perdáis el ojo crítico a lo que leéis y publicáis con la protuberancia conectada.